En estos días ha venido a mi mente una y otra vez por razones diversas aquello de que no importa cuántas veces caigas, sino cuantas veces te levantes, porque en eso radica la grandeza del ser humano y cada vez que nos levantamos descubrimos que muchas veces nos hacen caer las mismas cosas, allí es cuando nos sentimos frustrados porque pareciera que nunca terminamos de aprender la lección y efectivamente es así, la vida nos hará repetir ciclos hasta que estemos dispuestos aprender de ellos y superarlos , hasta que cerremos las brechas que hemos abierto.
Vivir es una decisión, hasta en las pequeñas cosas cotidianas tenemos que elegir, desde que nos levantamos en la mañana y escogemos que nos pondremos para ir al trabajo hasta el canal que veremos en la noche al llegar a casa.
Pero qué pasa cuando son decisiones que nos cambiaran la vida? Cuando sabemos que todo nos es licito pero no todo nos conviene … Allí es donde todo se complica, donde preferimos volver a tener 5 años y jugar con nuestras muñecas y carritos… Cuando el corazón y la razón se pelean en una lucha campal en dónde ninguno cederá, en esos momentos nuestra memoria retrocede y busca algún recuerdo que nos indique donde pudimos haber partido, que debimos dejar de hacer y que debimos haber hecho, quizás tratando de elegir aquello que no nos haga errar de nuevo o nos haga ir a donde queremos llegar.
Cuando estábamos en el vientre de nuestras mamás ya Dios tenía un plan para nuestras vidas, nos dio el regalo del libre albedrío porque confía en nosotros (creo fielmente que nadie confía más en nosotros que él) y no importa cuántas veces nos equivoquemos en ese camino llamado vida, siempre habrá la posibilidad de meter reversa o cambiar la ruta, aunque en ese cambio de ruta nos tengamos que alejar de lo que más amamos.
Estoy convencida que las decisiones mas difíciles de nuestra vida son aquellas relacionadas con nuestros sentimientos, particularmente nunca se me hizo difícil dejar un trabajo si sentía que había cumplido mi tiempo e incluso en mi adolescencia tampoco fue difícil saber que quería estudiar, pero cuando he tenido que tomar decisiones relacionadas al ámbito afectivo confieso que soy muy mala en saber qué hacer… Dominar mis emociones ha sido todo un reto que acepte tomar porque no había más alternativa y cuando hablo del ámbito afectivo no hablo solo de relaciones sentimentales sino de todas aquellas que impliquen que nuestro corazón se vea involucrado… Dios nos pide que guardemos nuestro corazón porque de el mana la vida y realmente es lo que menos hacemos porque es lo que más exponemos.
Pero llega un día en que la valentía se abre camino desde nuestro interior y nos determinamos a finalmente escoger sin dejar de usar la famosa frase “… y que sea lo que Dios quiera”, creo que muchas veces que la decimos nos quitamos un poco la responsabilidad en caso de que las cosas no salgan como las esperamos, pero al que menos le consultamos es a él si esa era la alternativa idónea … o aquella otra frase de “decidí hacer lo correcto” cuando tomamos la más obvia o que implicara menos riesgos, tratando de justificar el hecho de no arriesgarnos a descubrir que tan incorrecta podía ser la otra opción.
En definitiva, a mi… (Jenn) me toco aprender que nada pasa en nuestra vida por casualidad, que cada error cometido tal vez se pudo evitar, pero habríamos cometido otros quizás más graves, que soy lo que soy gracias a mis decisiones, que no se puede retroceder el tiempo aunque lo deseemos mucho Y que pase lo que pase, tendré cientos de oportunidades de volver a empezar mientras Dios nos encienda la luz en cada amanecer y nos cubra con sus noches el sueño.
Gracias mi Dios porque aunque yo no sea la mejor opción para alguien…
tu siempre te la jugaras por mi, lo hiciste una vez en la cruz
y lo harás todos los días de mi vida…. Te amo